Las leyes y normas deben cumplirse, pero ¿y si nuestros legisladores
hacen leyes y dictan normas que contradicen los derechos humanos?. ¿Acaso la revolución no se
inventó para algo?. Si de verdad las leyes son justas no creo que
ninguna sociedad que las tenga haga virales noticias como esta. Las
leyes no pueden estar por encima del sentido común y solidario, no
pueden pasar como un rodillo sobre los seres humanos, porque están
hechas supuestamente para lo contrario, para garantizarnos una mejor
calidad de vida. Toda ley que vaya en contra de esta premisa será
represiva, coartadora de la libertad y estará destinada al fracaso o a
la rebelión. Desde esta modesta trinchera, en el bando de los indignados que luchan por la revolución de las conciencias en el frente de batalla contra el capital y el poder "desalmados", encontraréis una dosis de optimismo y esperanza, a veces un grito desesperado de dolor por las heridas, alguna denuncia, y en ocasiones alguna propuesta para desarmar al enemigo. Humildad, sinceridad, ingenuidad, humor, sensibilidad y sentido común pretenden ser los ingredientes.
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martes, 15 de diciembre de 2015
¿Qué ocurre cuando las leyes no garantizan nuestros derechos?
Las leyes y normas deben cumplirse, pero ¿y si nuestros legisladores
hacen leyes y dictan normas que contradicen los derechos humanos?. ¿Acaso la revolución no se
inventó para algo?. Si de verdad las leyes son justas no creo que
ninguna sociedad que las tenga haga virales noticias como esta. Las
leyes no pueden estar por encima del sentido común y solidario, no
pueden pasar como un rodillo sobre los seres humanos, porque están
hechas supuestamente para lo contrario, para garantizarnos una mejor
calidad de vida. Toda ley que vaya en contra de esta premisa será
represiva, coartadora de la libertad y estará destinada al fracaso o a
la rebelión.
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martes, 21 de enero de 2014
CUANDO EL MIEDO CAMBIE DE BANDO
Las diferentes formas de poder siempre han utilizado el miedo para someter al pueblo, pero ¿qué ocurre cuando son los poderosos los que temen?. ¿Tiene miedo la poderosa y rancia derecha española a una revolución del pueblo?.
El poder utiliza siempre el miedo, al igual que lo hacen la
mayor parte de las religiones, como forma de garantizar su dominio sobre las
masas. En España, el miedo ha sido utilizado especial y cruelmente por la
derecha1, antes y después de la dictadura, y por supuesto durante,
pues el acomplejado y sanguinario Franco
hizo valer su poder fusilando y apaleando a diestro y siniestro a todo aquel
del que se pudiera sospechar (o sencillamente fuese acusado) de resultar
contrario a la dictadura, aunque sólo fuese de pensamiento2.
Actualmente, además, al poderoso yugo del miedo la derecha añade una nueva
estrategia, la de la mentira institucionalizada y generalizada, incluso aquella
que podría perjudicarles, pero que una vez extendida por los medios de comunicación,
acaba dándoles más réditos que dolores de cabeza. Con esta estrategia consiguen
que los ciudadanos desconfíen de políticos, periodistas, jueces y otras
instituciones. La sociedad como tal queda así desarmada, y ellos pueden campar
a sus anchas por muy corruptos que sean y "manejarlo todo" con mayor
impunidad. En mi artículo anterior de La Trincherrera, LOS "ME GUSTA" DENUESTRA CONCIENCIA Y LA AUSENCIA DE REVOLUCIÓN , planteaba otro factor
más acerca del por qué la sociedad no acaba de reaccionar y no se ha iniciado
ya una revolución, cuando convivimos en un caldo que a cualquier historiador
podría parecerle idóneo para ello: la informatitis,
o sobredosis de información acompañada de su correspondiente adicción.
Por tanto, podemos decir que sobre los ciudadanos de este
país actúan fundamentalmente tres elementos que los desactivan: el miedo (miedo
a perder los pocos privilegios o derechos que poseemos), la desconfianza
generalizada (que incrementa el miedo y la apatía y que es alimentada desde el poder
para tapar así mucho mejor sus vergüenzas), y la adicción a la información, que
se ve también sobrealimentada en este caso no solamente por nuestros
dirigentes, pues es un fenómeno globalizado, pero aprovechan que les viene bien
y lo fomentan.
Sin embargo las descontroladas ansias de poder, la codicia y
la ambición de la derecha más rancia de este país (y algunos a los que no les
viene de casta pero que ven la oportunidad de obtenerla) por hacerse los dueños
de todo, se convierte en su fatídico punto débil. Como le ocurre a los
tiburones, que una vez desatado el frenesí de la sangre y la carnaza, estos
lanzan mordiscos y dentelladas a diestro y siniestro, cegados literalmente,
nuestra casposa derecha pretende sacar el máximo jugo, ahora que puede, a la
situación de crisis coincidente con la mayoría absoluta del PP en el gobierno.
Pero esos mecanismos del miedo, que bloquean a las masas o las inactivan,
pueden en cualquier momento volverse en su contra. Una vez que el pueblo siente
que ya le queda poco o nada que perder, el miedo adquiere una dimensión muy
diferente. Parte de él desaparece y se transforma en rabia. La indignación y la
rabia en ausencia de miedo nos llevan a la rebelión. Sobre estos fenómenos, que
son bien conocidos por los historiadores, tenemos un ejemplo recientísimo en el
barrio de Gamonal en Burgos, y en las muchas manifestaciones y muestras de
apoyo que sus vecinos han recibido en las redes sociales. No me cabe duda que
el alcalde de Burgos ha debido recibir alguna llamada desde "arriba"
para presionarle y para que desistiese definitivamente de su postura de
mantener el futuro reinicio de las obras. Ni siquiera a través de una
negociación con los vecinos. Esa llamada ha sido fruto del miedo. El miedo
cambiado de bando. Estamos pues en un punto de inflexión. Según transcurran los
acontecimientos el miedo podrá pasar en mayor o menor medida de un bando a
otro, y esto puede desestabilizar definitivamente el país. El reto, en mi
opinión, esta en que seamos capaces, todos, de gestionar en positivo esa
desestabilización si finalmente se produce. Un reto realmente difícil y
complicado, pero no imposible.
Hay varias cuestiones que pueden interferir en todo esto
generando diversos escenarios posibles. Por un lado las elecciones europeas, en
las que un castigo en votos al PP podría generar cierto alivio del lado de los
indignados y contribuir a calmar los ánimos. Si el PP sabe jugar sus cartas y
enlazar esa calma con las buenas noticias generalizadas de la macroeconomía,
quizás todo aguante hasta las próximas elecciones generales y ahí, el pueblo
podría tomar nuevamente la palabra. Otra posibilidad es que el pueblo haya
aprendido la lección de Gamonal, y esté a la que salta. Y quizás no llegue a
conformarse con poder castigar al partido en el gobierno con su voto en las
próximas elecciones europeas y esto podría generar más revueltas y más tensión
que, una vez más, tendrá que ser gestionada con tremendas dosis de astucia por
parte de los gobernantes para impedir que la situación se les escape de las
manos. Puede que además las posibles noticias positivas de nivel
macroeconómico, no sean suficientes para calmar la situación, y es otro de los
temores del gobierno. Podríamos añadir un ingrediente que por su complejidad
pretendo tratar en otro artículo, pero que en este caso también es muy
importante, y es la sensación que tienen muchos ciudadanos de que España como
país se está resquebrajando a la vista del problema planteado por Cataluña o el
País Vasco con las demandas de independencia, y de los problemas y tambaleos cada
vez más acuciantes de la monarquía. Sólo he dibujado algunos escenarios y
utilizado algunos ingredientes, la realidad es mucho más compleja y llevaría
mucho más tiempo desmenuzarla y analizarla, pero con esto me basta para hacer
ver que ese traslado del miedo de un bando al otro, del pueblo a los poderosos,
se puede producir en cualquier momento si los ciudadanos dan un paso al frente
y se plantan ante las instituciones.
El miedo de los gobernantes preocupa menos, pero el miedo en
manos de quienes poseen el patrimonio y el capital (los gobernantes son sus
siervos al fin y al cabo, sobre todo los actuales) si que puede resultar mucho
más inestabilizador que cuando está del lado del pueblo llano. Porque el pueblo
al fin y al cabo lucha por defender su dignidad y sus derechos más elementales.
La derecha y el capital, sin embargo, luchan por el poder y llevados por su
ambición imperialista de ser amos y dueños de todo, y esto plantearía luchas en
las que se pondrían sobre el campo de batalla estrategias, armas y valores muy
diferentes en cada caso. Por el bando de la derecha, la experiencia nos dice
que podrían ser muy peligrosos.
¿Qué pasaría si de pronto los españolitos de a pie fuésemos
capaces de estar unidos y dispuestos a tomar las calles y las instituciones
para defender nuestros derechos de ciudadanos, hacer que sencillamente se
cumplan las leyes y normas de convivencia y que dichas instituciones funcionen
con lealtad al pueblo?. ¿Qué pasaría si además tuviésemos un proyecto común
para este país?. ¿Qué pasaría si de repente pensásemos que sencillamente no
necesitamos mantener una Monarquía que nos una y represente a todos, porque
somos sobradamente capaces de sentirnos unidos por ese proyecto común?. ¿Qué
pasaría si nos diésemos la libertad de decidir entre todos si queremos o no un
proyecto común para todas las regiones que actualmente integran el Estado
Español y qué proyecto queremos?. ¿Qué pasaría sin sencillamente no tuviésemos
miedo?. Pasaría que el miedo cambiaría de bando y la mitad de la batalla
estaría ya ganada.
Darnos la libertad de decidir libremente contando con todos
y de dar a luz ese proyecto de país ahora inexistente (no lo hay ni de país ni
para ninguna comunidad autónoma, ni siquiera Cataluña o el País Vasco lo
tienen), contando con unos partidos políticos y poderes del Estado democráticos
y al servicio del pueblo, sería un bonito final para esta crisis. Desde los
movimientos sociales y la izquierda están surgiendo diversas iniciativas que si
finalmente logran converger, darán muy buenas esperanzas a estos
planteamientos.
1 Hablar de la derecha de este país no
es hablar del PP. Seguramente muchos de quienes han votado al PP no se
incluirían en esa derecha a la que me refiero en el artículo, pues no les viene
de casta. Aunque si es evidente que esa derecha a la que me refiero si vota al
PP, y buena parte de ella votaría a opciones aún más radicales, y de hecho los
que ya no se pueden contener o no quieren permanecer ocultos tras la mata,
acaparan públicamente opciones de extrema derecha. También es evidente que los
actuales dirigentes del PP y miembros de este gobierno, van tomando confianza
apoyados en su mayoría absoluta y la radicalidad va asomando, a la vez que
quieren mantener contentos a los más extremistas porque saben que necesitarán
sus votos y temen divisiones. Por tanto, también podemos decir que hablar del
Partido Popular en España no tiene nada que ver con hablar del Partido Popular
europeo, donde la democracia lleva años asentada y evolucionando (ellos por
ejemplo saben dimitir, y defienden más una ideología que un patrimonio).
2 También la izquierda, cuando ha
actuado como poder o lo ha pretendido, ha utilizado el miedo para convencer y
ganar votos. Bien lo saben algunos dirigentes de partidos de izquierdas, que
también ondeaban las banderas del "miedo a la derecha" en sus
campañas electorales. Pero resulta evidente que no son comparables ambas
estrategias, no es lo mismo lanzar frases para infundir temor, que directamente fusilar y torturar.
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miércoles, 8 de enero de 2014
LOS "ME GUSTA" DE NUESTRA CONCIENCIA Y LA AUSENCIA DE REVOLUCIÓN.
Muchos de nosotros, especialmente la gente más joven o
familiarizada con las redes sociales, mostramos en ellas prácticamente a diario
nuestra indignación con la gestión de la actual crisis1. Aunque la
mayor parte de las veces nos limitamos a dar un "me gusta" en una
noticia que un amigo cuelga en facebook, twiter, google+, etc., en la que se
denuncia algo que no nos gusta (es contradictorio pero no voy a cuestionar ni
entrar ahora en este matiz, todos entendemos por qué se hace así). Cuando nos
sentimos además especialmente identificados con la causa, compartimos o
"retwitteamos" la noticia, el eslogan de turno, o el insulto al
político que toque, reproducimos el enlace, la frase, el chiste o la imagen, y
con ello damos satisfacción a nuestra particular indignación.
Todo esto está muy bien, contribuimos a difundir esas cosas
que suceden y no nos gustan, a denunciarlas, con mayor o menor seriedad o sentido
del humor, a veces con bastante eficacia cuando las mismas se vuelven virales y
se consigue recoger un buen puñado de firmas que finalmente tienen alguna
consecuencia real, directa y positiva para nuestros fines. A la vez compartimos
nuestra indignación, los más valientes, extrovertidos o seguros de nosotros
mismos, mostramos nuestras inclinaciones políticas, o como mínimo nuestras
ideas sobre muchas cuestiones sociopolíticas, y con ello parece que nos mojamos
más, que ya hemos hecho algo, ¿quizás lo suficiente?, ¿todo aquello que está en
mi mano?.
Efectivamente, el caso de la recogida de firmas, quizás sea un
ejemplo muy positivo del potencial de las redes sociales cuando se consiguen
los objetivos perseguidos, pero ojo, porque la sociedad de la tecnología es
tremendamente inquieta e inconstante, y ante la avalancha de solicitudes de
peticiones de firmas para mil y una causas, la herramienta puede acabar
muriendo de éxito, como casi todo lo que obtiene dicho éxito en la red, que
tiene los días contados. También creo que las redes sociales han permitido que
entre todos generemos cierta ciberconciencia
colectiva, al menos en determinados círculos de amistades y conocidos, y es
patente que algunas conciencias han despertado con mayor fuerza, conocimiento
de causa y acceso a mayor información ante la bofetada de la crisis, que si lo
hubiesen hecho en ausencia de estas ciberherramientas
sociales.
Podemos estar más informados, unidos y comunicados que
nunca, se producen múltiples "mini tertulias" y "mini debates"
por correo electrónico, en las páginas y perfiles personales de cada usuario, o
en las etiquetas temáticas (los famosos "tags" o "hashtags"
cuando van precedidos del símbolo de la almohadilla). Pero a la vez que eso
sucede, las energías se dispersan, las redes nos unen y nos separan al mismo
tiempo. Nos separan en esas burbujas que son los círculos de amistades y
conocidos, y nos separan en el momento en que cerramos o apagamos el ordenador,
la tableta electrónica o el móvil, y pasamos de la realidad virtual a la que
nos muestran nuestros sentidos más allá de una pantalla.
No pretendo argumentar en contra de la tremenda importancia
de las redes sociales en nuestros días, y de su capacidad de influir en el
comportamiento de nuestra sociedad. Desde muchas universidades se están
estudiando estos fenómenos y se conocen a diario los resultados y conclusiones
sobre dicha capacidad demostrada, aunque los más importantes llegarán cuando
este período haya pasado (nada es eterno y en nuestros tiempos más bien hay que
decir que todo es muy efímero), al menos este boom de las redes sociales tal y
como lo estamos conociendo en esta década. Pero debemos tomar conciencia de
algo más que las redes sociales parecen no mostrarnos con la misma fuerza con
la que nos muestran contenidos específicos. Necesitamos actuar más allá de las pantallas, en esa otra realidad que nos
envuelve y que hoy día ya está prácticamente mezclada con la virtual, pero que
no dejará de ser siempre la base de cualquier otra realidad, pues es en la que
nacemos y morimos. Nacemos, morimos y vivimos, y por tanto es en la que
sufrimos las consecuencias de todo aquello que denunciamos y que nos indigna. Por
eso entiendo que tenemos que actuar y que el reto está en ser capaces de llevar
nuestra lucha a esa realidad. Las redes sociales son una herramienta
maravillosa que puede funcionar muy bien siempre que no dejemos que desactiven
a nuestra musculatura y se hagan las
dueñas del control de nuestras mentes-cuerpos. ¿Porqué esto no sucede así, con
la fuerza que parece que debería ocurrir, ante la alta carga de denuncia e
indignación que muestran esas redes sociales a diario?. El poder de la
herramienta resulta incuestionable, pues funciona para promocionar a candidatos
en concursos televisivos, por ejemplo, o
para organizar una concentración de miles de simpatizantes de un equipo de
futbol que pretenden impedir su descenso de categoría por la mala gestión del
club. Sin embargo falla cuando nos toca salir de nuestra burbuja de comodidad,
algo similar a ese "área de confort" que manejan los psicólogos, pero
en un sentido yo diría que mucho más literal. Se está a gusto
"cambiando" el mundo desde nuestro sillón de casa, con la
calefacción, la cocina a mano para un tentempié, acceso a internet y todas sus
posibilidades...o bien pudiendo cambiarlo desde nuestra tableta electrónica o
móvil mientras nos desplazamos en
transporte urbano o esperamos en la cola del banco. Parece que no hemos
percibido que son precisamente todas esas comodidades y servicios los que
finalmente estarán en riesgo. Caemos en la trampa de trasladar nuestra
indignación por completo al mundo virtual, eliminando así los problemas de
nuestra realidad durante unos instantes y liberando nuestra ciberadrenalina en las redes.
Pero debe haber alguna causa más que nos atenaza e impide
que finalmente actuemos dando una respuesta más activa a nuestra indignación, e
incluso que se produzca una auténtica revolución
cuando, analizando la historia, no faltarían hoy día los ingredientes. Dicha causa
es la propia desactivación que produce el bombardeo de información vertiginoso
al que estamos sometidos. Nos hemos vuelto adictos a la información, que nos
llega desde todas direcciones y medios. Nuestras mentes están ávidas de
información y cada vez la procesan más rápidamente, en un puro reflejo de
adaptación de nuestro cerebro al volumen que nos llega. Esto implica que no hay
tiempo para el análisis y la valoración de lo que puede suponer en nuestras
vidas o nuestra sociedad dicha información. Además, cuando más condensada nos
la den mejor (tendremos más tiempo para obtener más), lo que ha llevado a acostumbrarnos
a que prácticamente nos digan lo que tenemos que pensar, en lugar de darnos una
información con la que trabajemos nuestra propia opinión. Sin entrar en juzgar
si todo esto responde a una conspiración del capital-mercado, o de unas
determinadas élites, etc. (a las que sin duda todo esto le viene muy bien), o
si bien es fruto de nuestra propia evolución social, lo cierto es que al no
valorar la información, ni procesarla con cierto tiempo, no añadimos carga
emocional a la misma, con lo que la información carece de valor y lo que nos
importa es la nueva información que podamos obtener al instante. Mucha
información implica muy poca carga emocional en cada dato, es decir, fragmentamos
nuestra energía emocional y esto nos lleva a su vez a una espiral muy negativa,
ya que caemos en la impotencia y la frustración. Esto último no es una opinión,
es un fenómeno psicológico, con base científica. Las consecuencias de todo esto
es que a pesar de que nos llegan informaciones sobre casos de corrupción,
pérdida de derechos, despilfarro que ha incrementado la deuda pública que
debemos pagar entre todos, deterioro de la educación, etc., etc., etc., y de
que los autores de tales robos y despropósitos se presentan y pasean a diario y
con descaro ante nuestras narices, no reaccionamos porque no analizamos en
profundidad las consecuencias de cada noticia indignante. Son tantas que
quedamos bloqueados (máxime si a ello añadimos todos nuestros problemas,
quehaceres y gestiones cotidianas, más el bombardeo de correos, whatssaps,
llamadas de teléfono, etc.).
Por tanto, está muy bien que denunciemos, que divulguemos
aquello que no nos gusta en las redes sociales, pero debemos a la vez tomar
medidas para desengancharnos de la adicción a la información, y sanar nuestra informatitis. Tenemos que ser capaces de
filtrar esa información, para obtener un volumen sobre el que dispongamos del
tiempo oportuno para procesarla y valorarla, y para actuar en consecuencia. Si
es necesario, quizás tendremos que plantearnos frenar entre todos la velocidad
que están tomando los avances tecnológicos y los flujos de información, porque nuestro
cerebro tiene unas capacidades fisiológicas limitadas, y llegar a sus límites y
forzar la máquina podría tener consecuencias nefastas para la humanidad2.
Si a esto añadimos esfuerzos para recuperar
los valores que se han ido quedando en el camino de este frenesí de
comunicaciones y flujos de información, la revolución,
a través de esa ECOILUSTRACIÓN que defiendo desde esta trinchera, estará
servida.
1 Crisis.
La referencia a la crisis exigiría definir qué crisis. ¿La económica?, ¿la
social?, ¿la política?, ¿la ambiental?, ¿todas juntas?. Y a qué escala ¿alguna
comunidad autónoma en concreto?, ¿España?, ¿Europa?, ¿global?. Para el caso que
nos ocupa podría ser en cualquiera de sus ámbitos y escalas, aunque en cierto
modo me centraré indirectamente en un ámbito y escala más cercano para hacer
más sencillo el discurso e ir al grano, convencido de que el/la lector-a sabrá
escalar y dimensionar perfectamente.
2 El debate sobre si sería necesario
frenar la velocidad que están tomando los avances tecnológicos y los flujos de
información no es objeto de este artículo. No obstante, es posible que ese
freno sea socialmente inviable, o que sencillamente decidamos no frenar, y que
nos veamos abocados a descubrir hasta dónde puede llegar nuestra capacidad
mental, hasta donde aguantará nuestra estructura biológica, o hasta dónde
permitiremos que la tecnología se mezcle con nuestra fisiología para, quién sabe,
incrementar y modificar artificialmente nuestras capacidades. Sin duda
planteamientos que a muchos nos resultan peligrosos pero que podrían hacerse realidad en el futuro de nuestra especie.
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