Muchos de nosotros, especialmente la gente más joven o
familiarizada con las redes sociales, mostramos en ellas prácticamente a diario
nuestra indignación con la gestión de la actual crisis1. Aunque la
mayor parte de las veces nos limitamos a dar un "me gusta" en una
noticia que un amigo cuelga en facebook, twiter, google+, etc., en la que se
denuncia algo que no nos gusta (es contradictorio pero no voy a cuestionar ni
entrar ahora en este matiz, todos entendemos por qué se hace así). Cuando nos
sentimos además especialmente identificados con la causa, compartimos o
"retwitteamos" la noticia, el eslogan de turno, o el insulto al
político que toque, reproducimos el enlace, la frase, el chiste o la imagen, y
con ello damos satisfacción a nuestra particular indignación.
Todo esto está muy bien, contribuimos a difundir esas cosas
que suceden y no nos gustan, a denunciarlas, con mayor o menor seriedad o sentido
del humor, a veces con bastante eficacia cuando las mismas se vuelven virales y
se consigue recoger un buen puñado de firmas que finalmente tienen alguna
consecuencia real, directa y positiva para nuestros fines. A la vez compartimos
nuestra indignación, los más valientes, extrovertidos o seguros de nosotros
mismos, mostramos nuestras inclinaciones políticas, o como mínimo nuestras
ideas sobre muchas cuestiones sociopolíticas, y con ello parece que nos mojamos
más, que ya hemos hecho algo, ¿quizás lo suficiente?, ¿todo aquello que está en
mi mano?.
Efectivamente, el caso de la recogida de firmas, quizás sea un
ejemplo muy positivo del potencial de las redes sociales cuando se consiguen
los objetivos perseguidos, pero ojo, porque la sociedad de la tecnología es
tremendamente inquieta e inconstante, y ante la avalancha de solicitudes de
peticiones de firmas para mil y una causas, la herramienta puede acabar
muriendo de éxito, como casi todo lo que obtiene dicho éxito en la red, que
tiene los días contados. También creo que las redes sociales han permitido que
entre todos generemos cierta ciberconciencia
colectiva, al menos en determinados círculos de amistades y conocidos, y es
patente que algunas conciencias han despertado con mayor fuerza, conocimiento
de causa y acceso a mayor información ante la bofetada de la crisis, que si lo
hubiesen hecho en ausencia de estas ciberherramientas
sociales.
Podemos estar más informados, unidos y comunicados que
nunca, se producen múltiples "mini tertulias" y "mini debates"
por correo electrónico, en las páginas y perfiles personales de cada usuario, o
en las etiquetas temáticas (los famosos "tags" o "hashtags"
cuando van precedidos del símbolo de la almohadilla). Pero a la vez que eso
sucede, las energías se dispersan, las redes nos unen y nos separan al mismo
tiempo. Nos separan en esas burbujas que son los círculos de amistades y
conocidos, y nos separan en el momento en que cerramos o apagamos el ordenador,
la tableta electrónica o el móvil, y pasamos de la realidad virtual a la que
nos muestran nuestros sentidos más allá de una pantalla.
No pretendo argumentar en contra de la tremenda importancia
de las redes sociales en nuestros días, y de su capacidad de influir en el
comportamiento de nuestra sociedad. Desde muchas universidades se están
estudiando estos fenómenos y se conocen a diario los resultados y conclusiones
sobre dicha capacidad demostrada, aunque los más importantes llegarán cuando
este período haya pasado (nada es eterno y en nuestros tiempos más bien hay que
decir que todo es muy efímero), al menos este boom de las redes sociales tal y
como lo estamos conociendo en esta década. Pero debemos tomar conciencia de
algo más que las redes sociales parecen no mostrarnos con la misma fuerza con
la que nos muestran contenidos específicos. Necesitamos actuar más allá de las pantallas, en esa otra realidad que nos
envuelve y que hoy día ya está prácticamente mezclada con la virtual, pero que
no dejará de ser siempre la base de cualquier otra realidad, pues es en la que
nacemos y morimos. Nacemos, morimos y vivimos, y por tanto es en la que
sufrimos las consecuencias de todo aquello que denunciamos y que nos indigna. Por
eso entiendo que tenemos que actuar y que el reto está en ser capaces de llevar
nuestra lucha a esa realidad. Las redes sociales son una herramienta
maravillosa que puede funcionar muy bien siempre que no dejemos que desactiven
a nuestra musculatura y se hagan las
dueñas del control de nuestras mentes-cuerpos. ¿Porqué esto no sucede así, con
la fuerza que parece que debería ocurrir, ante la alta carga de denuncia e
indignación que muestran esas redes sociales a diario?. El poder de la
herramienta resulta incuestionable, pues funciona para promocionar a candidatos
en concursos televisivos, por ejemplo, o
para organizar una concentración de miles de simpatizantes de un equipo de
futbol que pretenden impedir su descenso de categoría por la mala gestión del
club. Sin embargo falla cuando nos toca salir de nuestra burbuja de comodidad,
algo similar a ese "área de confort" que manejan los psicólogos, pero
en un sentido yo diría que mucho más literal. Se está a gusto
"cambiando" el mundo desde nuestro sillón de casa, con la
calefacción, la cocina a mano para un tentempié, acceso a internet y todas sus
posibilidades...o bien pudiendo cambiarlo desde nuestra tableta electrónica o
móvil mientras nos desplazamos en
transporte urbano o esperamos en la cola del banco. Parece que no hemos
percibido que son precisamente todas esas comodidades y servicios los que
finalmente estarán en riesgo. Caemos en la trampa de trasladar nuestra
indignación por completo al mundo virtual, eliminando así los problemas de
nuestra realidad durante unos instantes y liberando nuestra ciberadrenalina en las redes.
Pero debe haber alguna causa más que nos atenaza e impide
que finalmente actuemos dando una respuesta más activa a nuestra indignación, e
incluso que se produzca una auténtica revolución
cuando, analizando la historia, no faltarían hoy día los ingredientes. Dicha causa
es la propia desactivación que produce el bombardeo de información vertiginoso
al que estamos sometidos. Nos hemos vuelto adictos a la información, que nos
llega desde todas direcciones y medios. Nuestras mentes están ávidas de
información y cada vez la procesan más rápidamente, en un puro reflejo de
adaptación de nuestro cerebro al volumen que nos llega. Esto implica que no hay
tiempo para el análisis y la valoración de lo que puede suponer en nuestras
vidas o nuestra sociedad dicha información. Además, cuando más condensada nos
la den mejor (tendremos más tiempo para obtener más), lo que ha llevado a acostumbrarnos
a que prácticamente nos digan lo que tenemos que pensar, en lugar de darnos una
información con la que trabajemos nuestra propia opinión. Sin entrar en juzgar
si todo esto responde a una conspiración del capital-mercado, o de unas
determinadas élites, etc. (a las que sin duda todo esto le viene muy bien), o
si bien es fruto de nuestra propia evolución social, lo cierto es que al no
valorar la información, ni procesarla con cierto tiempo, no añadimos carga
emocional a la misma, con lo que la información carece de valor y lo que nos
importa es la nueva información que podamos obtener al instante. Mucha
información implica muy poca carga emocional en cada dato, es decir, fragmentamos
nuestra energía emocional y esto nos lleva a su vez a una espiral muy negativa,
ya que caemos en la impotencia y la frustración. Esto último no es una opinión,
es un fenómeno psicológico, con base científica. Las consecuencias de todo esto
es que a pesar de que nos llegan informaciones sobre casos de corrupción,
pérdida de derechos, despilfarro que ha incrementado la deuda pública que
debemos pagar entre todos, deterioro de la educación, etc., etc., etc., y de
que los autores de tales robos y despropósitos se presentan y pasean a diario y
con descaro ante nuestras narices, no reaccionamos porque no analizamos en
profundidad las consecuencias de cada noticia indignante. Son tantas que
quedamos bloqueados (máxime si a ello añadimos todos nuestros problemas,
quehaceres y gestiones cotidianas, más el bombardeo de correos, whatssaps,
llamadas de teléfono, etc.).
Por tanto, está muy bien que denunciemos, que divulguemos
aquello que no nos gusta en las redes sociales, pero debemos a la vez tomar
medidas para desengancharnos de la adicción a la información, y sanar nuestra informatitis. Tenemos que ser capaces de
filtrar esa información, para obtener un volumen sobre el que dispongamos del
tiempo oportuno para procesarla y valorarla, y para actuar en consecuencia. Si
es necesario, quizás tendremos que plantearnos frenar entre todos la velocidad
que están tomando los avances tecnológicos y los flujos de información, porque nuestro
cerebro tiene unas capacidades fisiológicas limitadas, y llegar a sus límites y
forzar la máquina podría tener consecuencias nefastas para la humanidad2.
Si a esto añadimos esfuerzos para recuperar
los valores que se han ido quedando en el camino de este frenesí de
comunicaciones y flujos de información, la revolución,
a través de esa ECOILUSTRACIÓN que defiendo desde esta trinchera, estará
servida.
1 Crisis.
La referencia a la crisis exigiría definir qué crisis. ¿La económica?, ¿la
social?, ¿la política?, ¿la ambiental?, ¿todas juntas?. Y a qué escala ¿alguna
comunidad autónoma en concreto?, ¿España?, ¿Europa?, ¿global?. Para el caso que
nos ocupa podría ser en cualquiera de sus ámbitos y escalas, aunque en cierto
modo me centraré indirectamente en un ámbito y escala más cercano para hacer
más sencillo el discurso e ir al grano, convencido de que el/la lector-a sabrá
escalar y dimensionar perfectamente.
2 El debate sobre si sería necesario
frenar la velocidad que están tomando los avances tecnológicos y los flujos de
información no es objeto de este artículo. No obstante, es posible que ese
freno sea socialmente inviable, o que sencillamente decidamos no frenar, y que
nos veamos abocados a descubrir hasta dónde puede llegar nuestra capacidad
mental, hasta donde aguantará nuestra estructura biológica, o hasta dónde
permitiremos que la tecnología se mezcle con nuestra fisiología para, quién sabe,
incrementar y modificar artificialmente nuestras capacidades. Sin duda
planteamientos que a muchos nos resultan peligrosos pero que podrían hacerse realidad en el futuro de nuestra especie.