¿Realmente es utópico pensar que se le podría dar a España la vuelta
como a un calcetín? ¿Qué hacer con un país en la cuerda floja y a punto de fragmentarse? Reflexionando
sobre ello podemos extraer algunas conclusiones que quizás arrojen luz y
esperanza.
Del sueño y el letargo de los años de vacas gordas, en los
que tras celebrar un par de exposiciones universales, unas exitosas olimpiadas
en Barcelona y construir miles de kilómetros de autovías y vías de AVE, cuando
no aeropuertos prácticamente comarcales, con la guinda de la victoria en un
mundial de futbol (esto ya en pleno estallido de la crisis), hemos despertado de repente, sobresaltados y sin
tiempo para remolonear entre las sábanas siquiera unos minutos. La sociedad
española se ha encontrado repentinamente desmembrada y desarticulada. Por un
lado por la impotencia y el coraje ante la corrupción generalizada, no sólo
política, que se extendió como la metástasis de un cáncer durante los años de
bonanza económica, conforme se veía superado el proceso de transición desde la
dictadura. Por otro lado, por la frustración ante la falta de un proyecto de
futuro para el país, generador de esperanzas e ilusiones. A este desolador
panorama, la ciudadanía ha de añadir la falta de capacidad y coraje de la clase
política que les gobierna para tomar las riendas de una nación a la deriva y los golpes que
recibe desde un gobierno que sólo alcanza a tapar vías de agua a costa de
acabar con la clase media y con buena parte de los derechos y libertades que
habíamos conseguido tras muchos esfuerzos y sacrificios. Resulta lógico y
previsible que actúen de esta manera tratándose de una generación de políticos
ligados casi todos al período del declive y la destrucción de buena parte de
los derechos y valores de la ciudadanía, que han salido de esa sociedad
"de nuevos ricos", y pertenecientes a los partidos existentes antes
de la crisis, que se asemejaban ya en buena medida a manzanas podridas, como lo
estaban también otras instituciones del país (llámense sindicatos,
organizaciones empresariales, grandes empresas, cajas y bancos, etc.).
¿Qué hacer en este dantesco escenario, con los cimientos
tambaleándose y el Estado a punto literalmente de resquebrajarse?. Pues desde
luego nada de lo que están haciendo algunos de los principales partidos del
país y sobre todo el que gobierna.
Imaginemos que pudiéramos hacer borrón y cuenta nueva. Y
puestos a imaginar vamos a suponer que tuviésemos la posibilidad entre todos
los españoles de crear un país totalmente nuevo que añadir al mundo. No
pensemos en un principio que es el nuestro. Imaginemos de una forma neutra y
hagamos el ejercicio cada uno de nosotros de liberarnos de todos nuestros
prejuicios, de nuestras ideologías políticas o creencias religiosas. Llamémosle
país X y decidamos sobre algunas cuestiones básicas. En primer lugar, qué
régimen o estructura básica le daríamos. Personalmente, en mi ejercicio
imaginativo particular, considero lo más razonable que fuese un régimen
democrático. ¿Monarquía, república, autocracia...?. Me quedaría con la opción
de constituir una república democrática parlamentaria como tienen la mayoría de
países (Alemania, Italia, Portugal, Finlandia, Irlanda, Islandia, etc.). ¿Y qué
modelo de Estado podría ser el más adecuado?. Vamos a suponer que el país que
vamos a crear va a tener diferentes regiones con elementos identitarios
diferenciados, como la posibilidad de tener incluso un idioma propio. En ese
caso, a mi modo de ver, sería razonable ir a un modelo de estado federalista,
como es el caso de Alemania, en el que se conjugan el actuar de forma
unilateral bajo un gobierno de la nación, junto con un alto grado de autonomía
para las diferentes regiones. Para ello sería necesario definir una
constitución, que recogiese el marco de competencias del Estado Federal y de
sus Regiones, así como de los derechos y deberes de todos sus ciudadanos.
El ejercicio no resulta tan complicado y creo que la mayoría
de los ciudadanos, en el único uso de su razón (libres como he dicho de
prejuicios, ideologías preconcebidas o creencias religiosas), llegarían
posiblemente a las mismas conclusiones o muy parecidas a las que modestamente
he llegado yo.
En este punto, porqué no trasladar ahora todo ese razonamiento a
nuestro propio país para aprovechar la crisis económica, institucional y la
fractura social actual para renacer como un país renovado, moderno, preparado
para un futuro estable y prometedor. En perfectas condiciones para dejar atrás
definitivamente el lastre que supuso y ha seguido suponiendo hasta nuestros
días la dictadura y sus 40 años de aislamiento. ¿Por qué no hacer ese borrón y
cuenta nueva con nuestro país?. Sería una buena forma de elevar el grado de
madurez de la sociedad española en su conjunto y de dejar desarticulado
cualquier discurso político envenenado, que busque la división, la comparación,
el individualismo y en definitiva su propia cuota de poder.
Si hiciésemos eso con España, dándole la vuelta como a un
calcetín, lo lógico sería, en primer lugar, dar una salida consensuada y
elegante a la monarquía, sin dejar de valorar el papel que ha desempeñado para
nuestro país, especialmente durante los años más complicados de la transición.
No habría lugar para el reproche, las actitudes vengativas o para la visión
casposa de la vieja España. Borrón y cuenta nueva no significa que tengamos que
borrar nuestra historia, pero si asimilarla desde un nivel de miras al que creo que debemos y
podemos aspirar y que sería muy
superior al de cualquier período de nuestro pasado. En segundo lugar, habría que reformar la constitución,
modernizando radicalmente la que tenemos y adaptándola a los nuevos
tiempos, pero buscando los mismos consensos que tuvo en su tiempo la actual. En tercer lugar, habría que cuestionarse la actual bandera
constitucional. En este caso, para llegar a un consenso amplío y no hurgar en
heridas del pasado, sería lógico no adoptar tampoco la ex-bandera republicana,
aunque se opte por un estado republicano. Lo ideal sería elegir una nueva
bandera, que no pertenezca a ninguno de los bandos del pasado, sino que
pertenezca al futuro que tendríamos por delante como país cohesionado
socialmente.
Y llegados a este punto, entre las cuestiones básicas nos faltaría
el proyecto. Un proyecto de país
realista, que partiese de la realidad actual, lamentable, pero la que tenemos, que
estuviese cargado de futuro y que proyectase esperanzas e ilusiones entre la
inmensa mayoría de los ciudadanos. Por tanto debería ser un proyecto también con un
alto grado de consenso social, en el que las políticas a desarrollar sean una
consecuencia del mismo y no al contrario, como ha venido ocurriendo, que cada
partido político en función de sus cuotas o ansias de poder imponía sus
políticas tratando de convencer luego a los ciudadanos de sus bondades. Un
proyecto cuyos pilares básicos sean la educación, la sanidad, el medio
ambiente, la innovación y la investigación, y el cumplimiento de los derechos
constitucionales (vivienda, trabajo, justicia, etc.). Un proyecto, en definitiva,
que seduzca al ciudadano independientemente de la región en la que resida y de
la ideología que a priori suscriba, y que saque lo mejor de cada uno de
nosotros, como los valores de la solidaridad y la cooperación, en lugar de la
competitividad, el individualismo, la intolerancia y otros muchos elementos que
han proliferado en el caldo putrefacto que se ha derramado por este país en los
últimos años. Tendríamos que hacer todos el esfuerzo de dar menos protagonismo
a la política con minúscula y sus líderes mediocres, y dar más protagonismo a
la Política con mayúsculas y sus ciudadanos que la respaldan. Porque es fácil
echar la culpa de todo a los políticos, pero tenemos que reconocer que los
ciudadanos hemos vivido de espaldas a la política, y una buena mayoría en este
país sólo nos hemos acordado de ella como una vía más para obtener el beneficio
propio. Hemos asistido a la corrupción con una connivencia que nos ha acabado
estallando en las manos. Pues bien, no miremos hacia nuestro lado para buscar culpables,
no malgastemos más energías en eludir responsabilidades o acusar al prójimo.
Repartamos la carga del pasado entre todos, por supuesto dejando que sea la
justicia la que haga balances y ajuste las cuentas a quien se las deba ajustar.
Confiemos y apoyemos más que nunca a esa justicia, démosle responsabilidad y
confianza a nuestros jueces y fiscales, hagámosles partícipes de nuestras ilusiones de país y seguramente que ellos actuarán también
firmes, guiados por su sentido común y con la ley en la mano. Sólo así, con confianza y
responsabilidad despolitizaremos a la justicia. Hagamos un proyecto de país del
que nadie quiera quedarse fuera, y tendremos resuelto el problema del
independentismo, que hoy por hoy tiene una fuerte justificación, es una
realidad social, y no gana fuerza precisamente por casualidad.
Demos espacio a la creatividad y la sensibilidad. Es tremendamente
entristecedor que en nuestro país actualmente ambas palabras parecen estar
desterradas. Nunca, al menos en nuestra historia más reciente, hemos sido
capaces de valorar la creatividad, de dar oportunidades a las nuevas ideas y
propuestas. Eso no sólo anula nuestra propia identidad como seres humanos, sino
que destruye toda posibilidad de progreso económico y del bienestar. Eso de
"que inventen ellos" lo hemos tenido anclado en nuestra genética
social hasta nuestros días a pesar de que lo hemos criticado múltiples veces. Y
qué decir de las sensibilidades. Cuando es el dios dinero quien lo mueve
absolutamente todo ¿qué espacio queda para la sensibilidad, que es la que
realmente mueve y alimenta nuestros corazones y espíritus?. No somos robots, somos
personas, no lo olvidemos, y todos agradecemos y crecemos humanamente con un
halago, un paisaje bonito y evocador, o recibiendo o teniendo un gesto
solidario con el vecino.
Por último, traten de mirarlo todo con perspectiva, desde
fuera, y en nuestro tirar la casa por la ventana en imaginación, imaginen a lo
que podría aspirar un país como ese que podría ser el nuestro, en un mundo en
el que desgraciadamente el imperio del dinero y el lado oscuro de la
globalización han destruido buena parte de los valores y virtudes de la humanidad,
anulando la fuerza de nuestra conciencia colectiva. ¡Qué orgullosos estaríamos
de ser sus ciudadanos!
Y ahora reflexionemos ¿es realmente esto una Utopía? ¿No
creen que sería más fácil de lo que parece que se hiciese realidad? ¿no sería
cuestión de empezar por creérnoslos nosotros mismos y asumir cada uno nuestra
parte de responsabilidad y del trabajo? Creo que sólo nos falta la capacidad de
liderazgo y empatía para que el proyecto soñado podamos hacerlo realidad entre
todos. Busquemos a nuestro alrededor porque alguien capaz y valiente tiene que
haber...
Tony Herrera